Nuestro pequeño mundo
–Una simple hoja. Una simple receta. Detalles cotidianos, que hoy son pequeños recuerdos de su existencia y de su amor. Pequeños, pero enormes.
–Cuando la conocí, Pao no sabía cocinar y su gusto estaba limitado a las comidas más clásicas, como las milanesas con papas fritas. Era joven, pasaba muchas horas militando y por lo que menos se preocupaba era por su alimentación. Le cocinaba todas las noches y trataba de hacerle platos que pudieran gustarle, pero que fueran equilibrados y nutritivos. Al principio, quizás por timidez, se limitaba a ayudarme con pequeñas tareas, como los niños cuando pasan el tenedor por los ñoquis para darle forma. Poco a poco fue tomando confianza y descubriendo que se divertía cuando pasábamos tiempo preparando nuestras comidas.
–Había muchos sabores y texturas que no le resultaban agradables, así que aprendimos a cocinar de la manera que resultara más amigable para ella. Rápidamente me adapté a sus preferencias y sus formas, mientras que ella tuvo que acostumbrarse a no comer carne y a la comida sin sal. Con el tiempo fue ampliando su gusto, pero hubo cosas que nunca toleró. Sus principales enemigos siempre fueron las sopas líquidas, los guisos (los comía, pero mirándome mal y poniendo caras), los fideos moñito (ni hablar si los incluía en un guiso), el pan chino (o todo lo que se cocinara al vapor), la coliflor, las nueces y las pasas de uva.
–Con práctica y más confianza, Pao aprendió a cocinar diferentes comidas. Y a perfeccionarlas. Se volvió especialista en sopas cremosas, tartas y panqueques. También elaboraba panes (el que mejor le salía era el pan de papa) y todo tipo de salsas, con mucha dedicación. Y hacía el mejor mbejú del barrio. Pero esa misma confianza y perfección la fue llevando a convertirse en la “dictadora de la cocina”, como cariñosamente solía decirle. Ella se reía cuando la llamaba de esa manera, pero sabía que había algo de verdad en su apodo.
–Pao era muy estructurada. Cuando una comida le gustaba, se guardaba la receta o la anotaba en un cuaderno, para no olvidarse. Si le salía bien, teníamos que seguir cocinándola de la misma manera. A veces eran ideas de comidas que tomaba de su madre: si yo las quería modificar, aunque sea mínimamente, ella siempre me decía lo mismo: “pero mi mamá no lo hace así”. Me daba mucha ternura, primero porque lo decía con un tono muy suave y una sonrisa hermosa; y segundo, porque ya sabía que iba a decir eso y me encantaba darme cuenta de que la conocía tanto. Cuando ella volvía tarde y quería que le cocine alguna de sus comidas favoritas, me dejaba una hojita con todos los pasos. Tenía que seguirlos, sin saltearme nada. Sin cambiar nada. Como se sentía un poco culpable por ser inflexible, me dejaba notitas diciendo que me amaba o luego me decía “perdón, gor, ¿sabés que te amo mucho, no?”. En su defensa, ejercía su poder dictatorial con mucha dulzura.
–Durante varios
años, buena parte de nuestra comida provenía de la huerta que teníamos en el
jardín. Llegamos a plantar un poco de todo: lechuga, acelga, achicoria, kale,
repollo, brócoli, zapallito, pepino, zucchini, jalapeño, ají, morrón, tomate,
berenjena, habas, arvejas, cebolla, verdeo, puerro, aromáticas y flores de todo
tipo. A Pao le gustaban los aromas, los insectos que atraían las plantas, el
canto de los pájaros y el aire fresco. Al comienzo dejaba comida para los
pájaros, pero desistió cuando notó que se comían los tomates. Luego de mudarnos, su plan era poner un recipiente
en la ventana con semillas, pero quedó inconcluso. Le gustaban especialmente
las palomas. Una vez, en Rosario, se enojó con una reseña negativa del
departamento que alquilamos por Airbnb (supuestamente, el ruido de las palomas
no lo dejaba dormir) y se sintió obligada a escribir un comentario positivo, defendiendo
al departamento (la dueña fue muy atenta con nosotros), pero por sobre todo a
las palomas. Y lo hizo con mucha firmeza y encanto.
–A Pao le
gustaba verme comprometido con mi rutina de la huerta. Sabía que nunca fue
fácil para mí encontrar algo que me guste y me haga sentir útil. Me
acompañaba y apoyaba en todo: por ejemplo, me consolaba cuando los perros
arrancaban los tomates y las berenjenas, les daban un mordisco y los dejaban
ahí tirados. Sin embargo, había cosas que odiaba: las chinches (no sé cómo
empezó esta rivalidad, pero sacó el lado más violento de Pao), tamizar el
compost (se sentía como si hubiese nacido en tiempos precapitalistas) o que la
levantara a las tres de la mañana porque las hormigas me estaban comiendo el
repollo que tardó cuatro meses en crecer. También había cosas que tenía
prohibido hacer. La más importante: comer mis tomates sin autorización (creo
que es lo único que hubiera puesto en peligro nuestra relación). Ella se
burlaba, porque ya no cabían más tomates en la heladera, pero aun así tenía que
preguntarme si podía agarrar uno. Porque solo yo, que abrigué los almácigos por
la noche para que no pasaran frío, que les di la vida, que los cuidé de todos
los peligros cuando apenas estaban creciendo, solo yo podía decidir cuándo un
tomate iba a sacrificarse para alimentarnos.
–Como a la mayoría de las personas, nos gustaba viajar y conocer nuevos lugares. Pero lo que más nos gustaba era estar en nuestro propio lugar. Habíamos creado nuestro propio mundo y nos gustaba repetir la misma fórmula una y otra vez (quizás por eso teníamos un especial aprecio por el cine de directores como Wes Anderson, Aki Kaurismäki o Roy Andersson). De hecho, más allá de todo el elemento trágico, la pandemia fue uno de los momentos más lindos de nuestra relación. Nosotros, los perros, la huerta. No necesitábamos mucho más.
–Cocinar es una actividad que quedó completamente asociada a Pao. Me costó mucho volver a cocinarme luego de su muerte. Ocho meses, para ser más preciso. Volví a hacerlo por miedo a alguna complicación en la salud, no por placer. No tengo idea de si voy a poder mantenerlo por mucho tiempo; ni siquiera sé si lo voy a poder mantener mañana. Creo que perder el interés por vivir puede resultar agotador cuando no te queda otra opción que seguir viviendo.
–La muerte es lo único que nos va a ocurrir con total certeza. Pero, generalmente, no podemos saber cuándo va a ocurrir. Pao una vez me preguntó lo siguiente: “¿si pudieses saber cuándo te vas a morir, quisieras saberlo?” (es probable que la pregunta haya surgido luego de ver la película Gattaca). No recuerdo mi respuesta, pero sé que ella dijo que no quería saber; que la pondría nerviosa tener esa información. Que prefería que algún día, cuando sea, ocurra y ya. Deberíamos haber respondido que sí, que deseábamos saber. Que deseábamos que alguien nos avisara cuánto tiempo nos quedaba para compartir; para seguir disfrutando de nuestro mundo. De cocinar y comer juntos. De repetir las mismas recetas, tal como a ella le gustaban. Para prestar aún más atención a cada detalle. A sus chistes, a su risa, a la forma dulce en que ejercía su dictadura, a la manera en que me hacía sentir amado. Debería haber dicho que sí. Debería haber hecho muchas cosas, pero ya no se puede. Lo sé, pero es inevitable pensarlo.
–Quizás mañana me cocine de nuevo. Quizás me quede acostado repasando todo lo que debería haber hecho, aunque no tenga sentido. Pero hay algo que sé con seguridad: que voy a seguir pensando en esos pequeños momentos con Pao. En el amor que contienen. En el encanto de los detalles cotidianos. En la belleza de nuestro pequeño pero enorme mundo. Porque es lo único que me hace bien. Lo único que no me resulta agotador.
8 de febrero de 2026






