El tiempo con ella

-Hace poco volví a tomar el 134, después de mucho tiempo. Cuando pasé por la parada donde nos bajábamos con Pao para ir al Hospital Muñiz, pensé en nosotros de inmediato. Recordé que nos gustaba quedarnos sentados en uno de los bancos que están dentro del hospital y que finalmente bautizamos como el banquito del amor. No sé cómo llegamos a elegir ese entre tantos otros, pero era nuestro banco. Cuando nos sentábamos ahí, el tiempo de alguna manera se suspendía. No había prisa. No había cosas por hacer. Era simplemente abrazarnos, ver a la gente pasar, charlar de cualquier tema o apreciar el silencio. Disfrutar de estar ahí, compartiendo nuestras vidas.

-El Barrio Chino era su lugar favorito para pasear y comer algo. Siempre elegía lo mismo: las pelotitas de papa, un jugo de mango y un helado Melona. A mí me gustaba aprovechar para regalarle cosas de librería y pinceles para pintar carteles. Creo que ninguna militante de izquierda hizo carteles tan lindos y prolijos como ella. Pao los pintaba con mucha concentración y dedicación, sin importar que probablemente solo fueran a durar unos pocos días. Quizás para ella no importaba la duración de las cosas, sino la forma en que se las hacía existir.

-A Pao también le gustaba hacerme regalos. Recuerdo que se tomó todo el tiempo del mundo para encontrar un negocio que vendiera una remera antigua del Leeds. Tuvo que ir hasta algún lugar lejano a retirarla, pero lo hizo con entusiasmo porque le encantaba verme contento. Sin embargo, lo material nunca fue central en nuestras vidas. En verdad, lo que más me gustó no fue la remera en sí misma —que se convirtió, desde luego, en una de mis favoritas— sino todo el tiempo que dedicó a una actividad que solo tenía como objetivo verme feliz. Para construir recuerdos se necesita tiempo. Esa es la única inversión que realmente valía la pena.

-Muchas veces posponemos la felicidad presente en nombre de un futuro que quizás nunca vivamos. Muchas veces pasamos la vida trabajando para darle lo mejor a quien amamos, sin advertir que quizás lo mejor era simplemente estar. La muerte de Pao reforzó mi manera de pensar el paso del tiempo. Entiendo ahora, más que nunca, que la vida se nos va. Que podemos morir en cualquier momento. Que tenemos que aprovechar el tiempo para compartirlo con quienes queremos. Ahora, mientras sea posible. Recuerdo entonces unas palabras de José Mujica: cuando comprás algo, lo estás comprando con el tiempo de tu vida que tuviste que poner para ganar esa plata. Lo ideal, por lo tanto, es estar “liviano de equipaje” para poder dedicar el tiempo a lo realmente importante. Durante diez años, Pao ocupó ese lugar: fue lo más importante de mi vida. Y yo necesitaba tener tiempo para estar con ella.

-Nunca me hubiese perdonado no estar para abrazarla cuando se sentía triste, para sentarme a su lado por horas cuando se desregulaba, para quedarme con ella cuando enfermó. Fallarle justo cuando más me necesitaba. Tampoco me hubiese perdonado no estar en los momentos cotidianos: para decirle todas las mañanas, apenas despertaba, que su desayuno ya estaba listo. Las últimas semanas me sentí triste. Incómodo. No entendía bien el motivo. Tardé en comprenderlo: no fui capaz de hacerme tiempo para escribir sobre ella. Decidí dejar todo lo demás en un segundo plano. Después de todo, Pao sigue siendo lo más importante de mi vida.

-El velatorio de mi tía fue en el mismo lugar que el de Pao, solo unos meses después. En un momento tuve que alejarme un poco. Salir a tomar aire a la vereda. Allí observé cómo unos vecinos, que se habían acercado a saludar y acompañar a la familia, se pusieron a charlar entre sí como si estuviesen en la puerta de sus casas. Como si nada hubiese pasado. No me interesa el tema del que hablaban —eran varones de unos sesenta o setenta años, lógicamente charlaban sobre autos—. Tampoco la indiferencia ante el dolor ajeno, que es más frecuente de lo que quisiéramos pensar. Lo que no deja de sorprenderme es la capacidad para no conmoverse frente a la idea de que, tarde o temprano, nos vamos a morir, incluso en un ámbito donde la muerte es protagonista.

-El tiempo se mide en productividad, en resultados, en logros. Un buen día es un día útil. Una buena vida es una vida eficiente. Exitosa. Sin embargo, cuando miro hacia atrás, lo único que recuerdo es a Pao. Nuestro tiempo compartido. El tiempo en que dejamos de contar el tiempo y solo nos dedicamos a estar. Juntos. Sin importar nada más.

-Su ropa, sus anteojos, su taza, sus llaves. Todo en el mismo lugar. La casa convertida en una especie de museo. Como si el tiempo, en algún punto, se hubiera detenido. Siempre supe habitar el tiempo con ella. Me resulta muy difícil, en cambio, aprender a vivir el tiempo sin ella.

-Volví a soñar con Pao. Estábamos en alguna universidad, pero separados. La llamaba para decirle mi ubicación exacta, pero nunca lográbamos encontrarnos y eso me desesperaba. Cuando me desperté, traté de darle un sentido al sueño. Quizás mi cerebro intenta decirme algo que no quiero aceptar: que es en vano seguir buscando. Que nunca la voy a volver a encontrar. Pero creo que no es del todo cierto. Si ahora no está más, siempre puedo pensar en el tiempo que compartimos. Encontrarla en nuestros recuerdos, desde los primeros momentos hasta su último día. Escribir una nueva entrada en el blog. Crear un puente entre el tiempo con ella y el tiempo sin ella.

-En enero escribí que algo en mí se había apagado para siempre. Que ya no había luz. Dos meses después, luego de ver la foto que me tomó en el hospital, pude apreciar que hay una pequeña ventana por la que sigue entrando la luz. El dolor continúa, pero verme a través de los ojos de Pao me permitió aprender a mirar de otra manera. 

-Nos quedaba mucho tiempo por compartir. Pero los diez años que duró nuestra relación los vivimos sabiendo que no había nada más importante, para nosotros, que el tiempo juntos. Y eso es algo que no puedo dejar de valorar. Quizás sea mejor pensar que el tiempo no se detuvo. Que tal vez Pao sigue ahí: en lo vivido, en lo que hicimos existir juntos, en cada una de estas palabras, en mi presente. Aún no lo sé con seguridad. Es muy difícil aprender a vivir el tiempo sin ella.

16 de abril de 2026