La belleza de lo cotidiano
-En cierta
ocasión desafié a Pao a que me escribiera un poema improvisado, con la comida
como tema principal. No era una tarea que se ajustara a su personalidad. Pao
necesitaba tiempo y calma para crear y disfrutar del proceso, pero la mayoría
de los juegos la obligaban a tomar decisiones rápidas y a interactuar con
otros, algo que podía resultarle desgastante. De hecho, eran pocos los juegos
que le gustaban realmente y todos eran individuales: las clásicas revistas de
sudokus y sopas de letras, los rompecabezas —cualquier actividad que implicara
armar algo con paciencia, en soledad, y que pudiera retomar más tarde— y el
Bomberman, su videojuego favorito (solo la versión para la NES, nunca quiso
saber nada con otra consola).
-Ahora que recuerdo, hubo una época en que se fanatizó tanto con el Bomberman que se quedaba todas las noches jugando en la cama, mientras yo dormía plácidamente, hasta que por fin completó todos los niveles; en esas largas sesiones, cuando perdía, pegaba un grito que me despertaba, pero rápidamente ponía pausa, se reía, me acariciaba el pelo para que volviera a dormirme y luego retomaba su partida con el mismo entusiasmo.
-Sin embargo, aquel día del desafío, contra todo pronóstico, Pao se dejó llevar por la espontaneidad y me regaló esta pequeña joya de la poesía gastronómica:
Oh Matías, Matías,
por mil noches y
mil días,
yo te llenaría
de besos.
cual panchito
con papitas.
disfrutemos
juntos de muchas medialunas.
entre platos de
rabas y deliciosas fritas.
Pao
-Esa clase de momentos compartidos, completamente insignificantes para cualquier otra persona, daba sentido a mi vida. El jueves 6 cumplo años y por primera vez no tiene sentido celebrar, pero quería aprovechar la oportunidad para que sigan conociendo a Pao y la recuerden conmigo a través de los detalles que la definían y que me hacían sentir feliz y amado. Es, quizás, lo único que me interesa ahora.
2 de noviembre de 2025


