Nadie está preparado
Una mutación genética.
Nadie a quien culpar, pero persiste en mí la sensación de haber fallado. Todo
va a estar bien, le dije a Pao innumerables veces. Prometí algo que no pude
cumplir.
Luego de su muerte el
tiempo se transformó. Se convirtió en un concepto difuso. En un tiempo de
no-estar, de no-ser. De fingir que sigo acá, aunque solo exista en el pasado.
Dar una clase, leer,
salir a caminar, tomar un café, socializar. Todo parece irreal, salvo el dolor.
Se ha integrado por completo a mi cuerpo. Me recuerda lo que se perdió para
siempre, pero también es el cruel testimonio de que aún puedo experimentar una
emoción genuina.
El dolor se expande y
consume los vínculos. No es la muerte física, pero es otra forma de ausencia.
Un descubrimiento: también los otros no-están y no-son.
Pensar en Pao es un
acto de preservación. Me conecta a la vida; a su vida y a los restos de la mía.
Solo en la memoria del vínculo que construimos juntos encuentro algún tipo de
consuelo.
Otro hallazgo: no habrá
nadie para recordarme como yo la recuerdo a ella. Nadie sentirá el deseo de
hablar con otros sobre mis particularidades. De describir con ternura los
detalles de lo cotidiano. De mantenerme vivo. También eso perdí.
Tenés que ser fuerte.
Tenés que seguir adelante. La relación con la muerte es tan íntima y compleja
que se rebela contra cualquier imposición y desarma todo optimismo vacío. Nadie
está preparado. Nadie sabe qué hacer.
Siempre me identifiqué
con aquellos que no pueden. Con los que sufren y tienen que luchar para
afrontar la vida cotidiana. Con los que aprenden a identificarse más con la
felicidad de sus seres queridos que con la propia. En definitiva, con los que
saben acompañar el dolor del otro porque es el lenguaje que mejor comprenden.
19 de septiembre de 2025


