Balance
“Lo atroz -y también lo maravilloso- de nuestras vidas es que están parapetadas sobre lo aleatorio, lo gratuito, lo caprichoso.” (Piedad Bonnett, Lo que no tiene nombre).
El 2025 comenzó siendo un gran año. Había logrado titularizar horas en la escuela que me gustaba, iniciaba mi recorrido en el nivel superior con una materia sobre cine y el taller de cine soviético había superado todas las expectativas con doscientos inscriptos
Además, estaba trabajando con Pao en la elaboración de un curso de extensión, feliz de que ella pudiera empezar a sumar antecedentes. Incluso la suerte parecía estar de mi lado y gané cien mil pesos en un concurso de un supermercado.
Pero lo más importante es que este año Pao se iba a recibir de bibliotecóloga y estaba ilusionada con seguir desarrollando su trabajo como adscripta. Nuestra relación estaba muy afianzada. Por primera vez hablamos de la posibilidad de tener un hijo en algún momento. Y teníamos un plan a corto plazo que nos mantenía entusiasmados: casarnos en agosto y viajar juntos a conocer Ushuaia.
Todo cambió de golpe en marzo. Con una asombrosa y cruel rapidez, se transformó en un año trágico. El peor de mi vida.
Hoy convivo con una contradicción desgarradora: quiero que este año termine de una vez por todo lo que representa —la muerte, el dolor, la oscuridad—, pero al mismo tiempo no quiero que termine nunca porque es el último que pude compartir con Pao. Cruzar la frontera del calendario tiene una carga simbólica que nunca imaginé que podría ser tan angustiante.
A
partir de ahora todo será completamente nuevo. Sin ella. Ya no habrá momentos
para compartir ni recuerdos por construir. Pensarlo
me produce una tristeza inmensa. Me aterra por completo.
24 de diciembre de 2025


