El amor como refugio
-Cuando
Pao enfermó, sus defensas estaban tan bajas que era necesario ser sumamente
cuidadoso y limitar el contacto físico al mínimo indispensable. Era difícil,
pero debíamos mantenernos positivos y pensarlo como algo menor y momentáneo. En
breve iba a mejorar y estaría en condiciones de continuar el tratamiento en
casa; y así, de a poco, iríamos recobrando algunos aspectos de nuestra
cotidianeidad. Mientras tanto, lo importante era que estuviera bien y se
sintiera acompañada y amada.
-El cariño físico era parte constante de nuestra intimidad. Un día salí apurado porque llegaba tarde al trabajo y apenas atiné a decirle “nos vemos en un ratito, gor”, pero antes de cruzar la puerta escuché su llamado. Regresé pensando que me había olvidado de algo importante. “Te fuiste sin darme un beso, ¿y si te pasa algo en el camino?”, me dijo con su habitual tranquilidad y dulzura. Tenía razón: me había olvidado de lo esencial. Le di un beso y me fui en paz (Pao había leído, poco antes, que Marie Curie cargó con un inmenso dolor por no despedirse cariñosamente de Pierre antes del accidente que le provocó la muerte).
-Ese tipo de cariño, sin embargo, quedaba suspendido cuando salíamos del ámbito privado. Entendí y acepté desde un principio que a Pao las demostraciones públicas de afecto solo podían generarle incomodidad. Con el tiempo, sin embargo, encontré algunas fallas de seguridad en su sistema: por ejemplo, podía aducir motivos de seguridad vial para darle la mano, o de cansancio para apoyar mi brazo en su hombro. Luego esas pequeñas licencias se fueron convirtiendo en rutina y ya no hicieron falta excusas.
-También en el hospital apareció una forma inesperada de vencer el sistema: para que le sacaran una radiografía, tuve que abrazarla para sostenerla a ella y a la placa contra su cuerpo. No fue solo una ayuda técnica para obtener una buena imagen; fue un momento emocional clave para los dos. Apenas terminaron, le dije que tenía muchas ganas de abrazarla y que nunca me iba a olvidar de ese instante. Ella se rio con ternura y compartió mi sensación. Fue el abrazo más significativo que le di. Nunca lo voy a olvidar.
-En definitiva, con el paso del tiempo lo único que seguimos recordando son los momentos de ternura. Nada más importa. Nada más permanece.
-Extraño la suavidad de su piel. Que me pida que la abrace y le haga sonar la espalda. Sus labios, sus manos y sus dedos increíblemente pequeños. Sus caricias al dormir. Cada uno de sus rasgos. Su forma de amar, de darme cariño. De cuidarme y hacerme sentir seguro. Creo que siempre entendimos nuestros besos y abrazos como un momento de calma en un mundo que ninguno de los dos se sentía capaz de habitar.
-Una de nuestras actividades favoritas era mirar una película juntos, acurrucados en la cama. El cine jugó un papel muy importante en nuestra relación. Nuestra primera cita fue en el Auchan: Pao quería ver una película de terror bastante mala y yo me ofrecí a acompañarla solo porque quería compartir algo con ella. Fuimos a muchos ciclos, especialmente en la sala Lugones. La última vez que fuimos al cine fue al Lorca para ver Hojas de otoño, de Kaurismaki. En el hospital, la última película que vimos fue Fargo, de los hermanos Cohen, que obviamente le encantó.
-Ahora, cuando veo una película o leo un libro, inevitablemente imagino cuál sería la opinión de Pao. Uno de los últimos libros que leyó fue Frankenstein. Estoy seguro de que se habría decepcionado con la nueva película; en cambio, le encantaba la versión de 1931 de la Universal y la actuación de Boris Karloff. También puedo suponer que estaría viendo conmigo la serie Hal & Harper simplemente porque actúa Mark Ruffalo, a quien amaba. De hecho, Pao no tenía un modelo de belleza masculina y las pocas veces que la escuché decir que un hombre era lindo fue cuando hablaba de Mark Ruffalo.
-Como Pao no había visto muchos clásicos de los ochenta, el año pasado le propuse una maratón para ponerse al día. De todas ellas (Terminator, Robocop, Rambo, Alien, The fly, etc.), creo que Blade Runner fue la más significativa por dejarnos una de las frases más poderosas sobre la muerte: “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Queremos creer que algo de nosotros va a persistir, que lo que hacemos no es en vano. Que vamos a descansar en paz. La muerte nos recuerda cuán ilusos podemos llegar a ser.
-En general, la muerte en las películas difiere demasiado de la muerte en la vida real. No siempre existe la oportunidad de despedirse, de decir unas últimas palabras, de hacerle saber cuánto la amás. De abrazarse y besarse. La muerte irrumpe, y es todo. No importa cuánto tiempo pase: de lo único que no puedo hablar ni escribir es de esos últimos momentos. El dolor es demasiado grande.
-¿Qué es lo que te motiva a levantarte todos los días? ¿Tus proyectos, tus hijos, tus mascotas, la fe, la revolución, el amor? Cada uno tiene sus razones. La mía era Pao: abrazarla, cuidarla, amarla. Hacerla sentir segura. Contribuir a que pueda encontrar momentos de felicidad. Teníamos un profundo sentido de responsabilidad el uno por el otro y eso daba sentido a nuestras vidas. ¿Qué se hace ahora con todo ese amor? ¿Cómo sentirse seguro en un mundo en el cual nunca encontraste tu lugar y que se llevó lo único a lo que no estabas dispuesto a renunciar? ¿Cómo se hace para vivir cuando ya no queda más nada para dar?
11 de diciembre de 2025


