Una simple anécdota navideña
Pao
no fumaba, no consumía drogas y apenas tomaba alcohol en alguna ocasión
particular. Sin embargo, no podía vivir sin semillas de girasol y tutucas. Para
que se den una idea de la magnitud de su adicción, recuerdo que una vez le dije
que había comido tantas semillas de girasol que ella misma olía a un paquete de
Pipas; unas tutucas húmedas, por su parte, podían llegar a sacar su lado más
oscuro.
Ahora
bien, la llegada de la navidad traía consigo una adicción aún más potente: las
garrapiñadas. Cuando vivíamos en el centro de Wilde íbamos siempre al mismo
supermercado chino a hacer compras cotidianas. Cada visita incluía,
inevitablemente, al menos un paquete de garrapiñadas.
Lo más lindo de todo era el ritual. Pao nunca decía de antemano que quería comprarlas. No figuraba en ningún plan mensual (imagino que le daba cierta vergüenza decir “compremos X paquetes así tengo para todo el mes”) ni tampoco en la lista del día. Ocurría así: cuando ya nos estábamos yendo, sin mediar palabra, me miraba buscando aprobación, que por supuesto encontraba al instante. Y en caso de ir solo, tampoco hacía falta que nadie mencionara nada: ya sabía lo que había que hacer.
El problema era que su gusto por ciertos productos estaba ligado a una marca específica. Por ejemplo, solo comía manteca si era La Serenísima y dulce de leche si era Colonial. No aceptaba sustitutos. Con las garrapiñadas pasaba lo mismo: una o dos marcas eran las únicas válidas. De tanto comprarlas (y probablemente por ver nuestra cara de desesperación cuando no encontrábamos sus preferidas), la cajera comenzó a guardarle paquetes y a esconderlos en su espacio de trabajo. Entonces, al llegar a la caja, se repetía la misma escena: ella nos avisaba contenta que nos había reservado unas garrapiñadas y Pao le agradecía con una sonrisa. Ambas habían aprendido a comunicarse a través de ese gesto tierno, sin necesidad de palabras.
Desde que conocí a Pao, siempre pasamos las fiestas juntos. Salvo por el calor, a ella le gustaba mucho diciembre. No le daba demasiada importancia a la Navidad en sí misma (su momento favorito era el año nuevo), pero le encantaba armar el arbolito, decorar la casa, pensar en regalos, mirar videos de unboxing de cajas navideñas y alguna película temática y, desde luego, la comida de las fiestas.
Todos
los meses están asociados a Pao. Pero empiezo a creer que diciembre va a ser el
más difícil.
5 de diciembre de 2025


