Come see me in the good light
-Hace unos días vi Come see me in the good light (2025). Más que un relato sobre la enfermedad terminal de Andrea Gibson, el documental explora la forma en que se vive y se ama bajo la certeza de que el tiempo se acaba. En este sentido, es una celebración de su vida: de su poesía, su activismo, su lucha. Pero, por sobre todo, es una celebración del amor que compartió con Meg, su pareja, también poeta.
-A Andrea le diagnosticaron cáncer de ovario en 2021 y falleció en julio de 2025, a sus 49 años. Tuvo algo de tiempo para seguir disfrutando de la belleza de las pequeñas cosas. Para comprender que la felicidad es más fácil de encontrar una vez que nos damos cuenta de que no tenemos la eternidad para buscarla. Para sentir que vivió más durante los años de lucha contra el cáncer que el resto de su vida. Pao, en cambio, no tuvo tiempo de nada. No pudo volver a casa para seguir el tratamiento desde la calidez del hogar. No llegó a proyectar cómo continuar su vida ni cuáles eran sus sueños por cumplir. De todas formas, sé que a ella le hubiese gustado hacer lo mismo que hacíamos siempre, porque ahí —en lo cotidiano— es donde residía nuestra felicidad. Ella era plenamente consciente de eso.
-Creo que, en algún momento, Pao debió pensar lo mismo que Andrea sobre Meg: "Si me muero, mi pareja me va a necesitar más que nunca para acompañarlo". La idea de no estar ahí para ayudar al otro a atravesar un momento tan difícil le debe haber resultado insoportable.
-El carácter íntimo del documental permite apreciar el amor genuino de Meg y su rol clave en la contención y apoyo de Andrea. Me hubiese gustado saber cómo afrontó el momento posterior a su muerte. Debe haber sido sumamente difícil, pero siento que al menos tuvo el tiempo para despedirse en vida y asimilar la futura ausencia. Yo no tuve esa oportunidad. Nunca nos pudimos despedir.
-En un momento, Meg cuenta que a Andrea no le importaba cómo iba a verse físicamente: solo quería tener un cuerpo. Quien haya experimentado de cerca una enfermedad como el cáncer sabe que es una verdad absoluta: solo importa vivir, nada más. Esa fuerza y el inmenso deseo de seguir adelante son admirables. ¿Por qué tanta gente se sigue preocupando por cuestiones superficiales sobre los cuerpos y la belleza? Las enfermedades, los accidentes y la vejez nos recuerdan cuán estúpidos podemos llegar a ser.
-Me resultó especialmente tierno cuando Andrea y Meg hablan sobre las torcazas. Estas aves establecen vínculos monógamos estables y sus vidas están profundamente sincronizadas. Cuando una muere, la sobreviviente atraviesa un proceso de desregulación que altera su conducta y puede llegar a afectar su propia supervivencia. Aunque con el tiempo generalmente logran formar una nueva pareja y estabilizarse, algunas nunca lo hacen (los pingüinos tienen menos oportunidades de volver a emparejarse tras una pérdida). En estos momentos me siento como una torcaza que, en vano, sigue buscando y esperando que su pareja regrese.
-Me propuse mirar el documental para reflexionar sobre mi experiencia y quizás darle un nuevo sentido. Sin embargo, en este plano fue una completa decepción. Nunca logró emocionarme con profundidad. No se trata solo del uso de recursos innecesarios por parte del director para conmover y generar incertidumbre. Lo que más me molestó es la omisión del factor económico, especialmente en un sistema como el estadounidense. La idea de que el tiempo no se puede comprar no es del todo cierta: si tenés los medios para acceder a determinados tratamientos quizás hasta puedas superar todo pronóstico y ganar unos días, meses o incluso años.
-Pao apreciaba y defendía nuestra salud pública, con todas sus limitaciones. Tras pasar por un primer hospital donde no estaban dadas las condiciones mínimas para su tratamiento, fue trasladada al hospital de alta complejidad El Cruce, donde la atención resultó excelente (como contrapartida, la contención psicológica fue inexistente a pesar de haberla solicitado en reiteradas oportunidades). Pero más allá del acceso a la salud, el documental me hizo pensar en otra cuestión: en lo que se nos muestra cuando hablamos del cáncer. En lo decible y lo indecible. En el clasismo y el racismo. En la gente de clase alta, blanca y exitosa y en sus historias de superación. En los productos comerciales y banales como 50/50 (2011) o en la falopa conspiranoica y sensacionalista de documentales como The C Word (2016).
-Algo en mí se apagó para siempre. Ya no hay luz. Ya no hay forma de encontrar felicidad en las pequeñas cosas. Ya no hay nada. Como escribió Idea Vilariño en uno de sus poemas:
(…) Habrá que continuar
que seguir, respirando
que
soportar la luz
y
maldecir el sueño
que
cocinar sin fe
fornicar
sin pasión
masticar
con desgano
para
siempre sin lágrimas.
10 de enero de 2026


