Soledad
-Pao sabía que me aterraba la idea de atravesar la vejez en
soledad, o peor aún, de una vejez compartida con personas que te consideran una
molestia. No es casual que hayamos visto juntos tantas películas sobre la vejez: Vivir, Cuentos de Tokio, Umberto D., Lucky, Thomas, Amour, Nebraska, Jibeuro, Smultronstället, entre otras. Desde luego, pensar en envejecer con Pao me daba tranquilidad. Nos prometimos
cuidarnos, respetarnos y acompañarnos hasta el final.
-Me quedé con ella hasta el último
momento, tomándole la mano, y espero que haya sentido mi amor y mi compañía. Pero
nunca voy a superar no verla crecer. No poder cuidarla con el paso del tiempo.
No poder dejar que ella me cuide, que tome mi mano en los peores momentos. Desde
entonces ya no pienso en la vejez. Ni siquiera en el mañana. Ya no tiene
sentido.
-El cine y la música ocuparon un
lugar central en nuestra relación. Imagino que Pao se hubiese visto afectada
por la muerte de Béla Tarr. Al principio de nuestra relación pasamos muchas
horas, en silencio, contemplando su cine. De hecho, una de sus canciones
favoritas era Valuska (Víg
Mihály), de Las armonías de Werckmeister: una melodía repetitiva,
melancólica, opresiva, que sin embargo ofrece una extraña sensación de calma,
como si te invitara a encontrar belleza en el orden mientras todo se desmorona.
-Pao sentía que no sabía estar en el
mundo. Fue una carga muy fuerte para ella. Por eso encontraba en el orden y la
estructura una forma de sentirse segura. Le permitía sostenerse. En gran medida
nuestra relación era, para ella, esa estructura. Hace unos días escuché Valuska
por primera vez en soledad. Ya no encontré belleza. No hubo calma. Todo se
desmoronó.
-Con
Pao siempre pudimos mostrar nuestras debilidades e inseguridades sin miedo
alguno a ser juzgado por el otro. Sin miedo a que fueran explotadas en nuestra
contra. Si a alguno de los dos no le gustaba hacer algo, no hacía falta
explicar los motivos. Si algo nos daba miedo y necesitábamos apoyo, no hacía
falta pedir nada: sabíamos que el otro iba a estar ahí. También existían miedos
irracionales. Uno era particularmente gracioso: Pao no podía ver un video del
pájaro picozapato. Le aterraba.
-Siempre fui una persona solitaria. De adolescente, en verano, me quedaba en casa leyendo y escuchando música. Tenía amistades, pero nunca tuve problemas con estar solo. Elegí siempre la soledad antes que hacer cosas que no me interesaban o me incomodaban. Y estaba bien con ello. Hoy se trata de una soledad forzada, angustiante. La ausencia de Pao me obliga a estar solo, incómodo, con un Matías que ya no reconozco.
-Con Pao habíamos aprendido a
compartir nuestra soledad. No se trataba solamente de estar en los momentos de
diversión, sino de saber sentirse bien incluso en el aburrimiento compartido.
Aprender a estar solo, junto al otro.
-Una vez, en un grupo de WhatsApp de
la facultad, alguien escribió que un estudiante “decidió partir”. Pao me mostró
el mensaje, desconcertada. Tuve que explicarle que muchas veces se evita decir suicidio por la carga que tiene la palabra. Era muy literal y solía recurrir a mí cuando no
estaba segura de lo que los demás decían. Me gustaba explicarle con paciencia y
verla sorprenderse al descubrir algo que no había captado en el momento.
-Pasábamos tanto tiempo juntos en la
misma habitación que incluso resultaba extraño que, de golpe, uno se levantara y
se fuera sin “avisar”. Ese cambio repentino siempre generaba en Pao la misma pregunta:
“¿adónde vas?”, como si de todas formas no supiera que solo me iba a desplazar
momentáneamente a otro espacio de la casa. No era control. Ninguno ejerció
nunca un control sobre ningún aspecto de la vida del otro. Era un asombro
genuino. Un gesto de ternura. Entiendo que para una persona independiente y
autosuficiente algo así pueda sonar a su peor pesadilla.
-Quizás por eso nos gustaba
tanto Lonesome (1928), donde dos solitarios
personajes se encuentran en medio de una sociedad cada vez más inhumana y prometen
amarse por siempre. “Not for just an hour, not for just a day. Not for just a
year, but always”, como nos recuerda Nick Lucas en la bellísima canción que suena
en la película.
-Hablando con colegas docentes, percibí una idea recurrente: que estar en pareja insume mucho tiempo y que se vuelve incompatible
con el desarrollo académico o personal. Mi experiencia fue exactamente la
contraria. Estar con Pao me daba seguridad y me permitía asumir cualquier
desafío y enfocarme en lo que necesitaba sin distraerme. Además, sabía que
siempre podía recurrir a ella en busca de ideas, ayuda y motivación. Juntos
funcionábamos mejor.
-En
un sueño reciente notaba que me sentía bien y me alegraba. Hace mucho no me
sentía así, pensaba. Ya me había olvidado. Pero de golpe me parecía extraño:
¿por qué me siento bien ahora? ¿Qué pasó? Porque estoy yo, me respondía Pao.
Había estado presente en todo el sueño. Pero desperté y volví a la realidad. A
estar solo. A sentirme mal.
-No deja de doler con el tiempo. Al contrario. Se vuelve parte de uno, crece, estalla. Pero no quiero que deje de doler. No puede dejar de doler. Cuando deje de doler, ya no quedará nada. Ni siquiera la sensación de soledad.
-Seguiré
recordando a Pao. Emocionándome. Llorando. Porque merece cada una de mis
lágrimas. No necesito que alguien lo entienda. Solo necesito expresarlo. Convertirlo
en palabras. Para poder volver sobre ellas. Para que nada se pierda. Para
sentirme menos solo.
16 de enero de 2026


