Un breve e imposible reencuentro

 



En todo este tiempo, nunca le hablé directamente a Pao. No tenía sentido para mí. Entiendo que la muerte es el final y no siento alivio imaginando una presencia espiritual. Pero cierta vez, Pao me llamó la atención sobre una cuestión que hoy, como es lógico, adquiere un sentido mucho más profundo. A mí me había parecido extraña cierta práctica de una persona frente a la muerte de su pareja. Cuando le conté, sonreí casi espontáneamente. Pao me miró fijo, un poco enojada con mi actitud. Me explicó que la persona estaba haciendo lo que podía para atravesar mejor su dolor, que ella podría hacer algo similar en su lugar y que debía hablar del tema con más respeto.

Los últimos días en el hospital no tenía certeza de que pudiera escucharme, pero ante la mínima posibilidad sentí que era necesario seguir hablándole y nunca soltarle la mano. Ahora sí tengo certezas. Pao ya no está. No puede leerme. No puede escucharme. Por eso es importante poder decir las cosas en vida. Saber dar las gracias. Ahora, porque después es tarde. Y el dolor por aquello que no dijimos e hicimos es realmente insoportable.

Sin embargo, no puedo dejar de imaginar cómo sería un breve reencuentro. A veces ocurre en sueños. Otras veces, uno mismo se encuentra pensando en ello, sin buscarlo. Como si fuese inevitable que ocurra. Por eso quería escribir estas líneas: para pensar qué le diría si, por un instante, mágicamente, pudiese volver a hablar con ella. Simplemente como un ejercicio para entender mejor cómo se expresa el amor después de la muerte. Tiene sentido para mí, en este preciso momento. Si les parece extraño, recuerden lo que les diría Pao. Y si no entienden por qué me sigue doliendo tanto, considérense afortunados.

-Lo primero que me gustaría expresarle es que la sigo amando como siempre y que continúa siendo la persona más importante de mi vida. Más que cualquier persona viva. Que no se preocupe por mi dolor, porque no es más que el amor que perdura; el recordatorio de cuán profundos son mis sentimientos por ella (tan profundos, que no creo ser capaz de volver a amar). De todos modos, sé que no tendría que explicarle lo mucho que me duele todo lo que pasó: ella siempre supo cuánto iba a doler.

-Luego agregaría que nuestro amor va a perdurar hasta el día de mi muerte. Todo ocurrió tan rápido que no pude hacérselo saber. Siempre le dije cuánto la amaba y lo importante que era para mí. No hubo día en que no se lo recordara. De hecho, lo último que me escuchó decir fue que la amaba mucho. Pao ya no podía hablar, pero se tocó el corazón con la mano, como le había enseñado para cuando quería decirme que me amaba. Sin embargo, no hubo tiempo para una despedida; para unas últimas palabras. También quisiera prepararle un sándwich de queso brie, jamón crudo y rúcula para que pueda cumplir su último deseo.

-Me gustaría volver a contarle lo mismo que durante las últimas noches en el hospital. En ese momento, no tenía certeza de que pudiera escucharme, pero le hablé con amor hasta el final. Nos lo habíamos prometido. Le agradecí por darme los diez mejores años de mi vida. Por todo el amor. Por ser la única persona que me hizo sentir bien conmigo mismo. Por no haberme hecho sentir mal, ni una sola vez. Solo una persona tan sensible, inteligente y con un amor tan genuino podía lograr algo así.

-Quisiera decirle que siempre puse todo mi esfuerzo en aprender, pero que siento que debería haber hecho mucho más. Esas últimas noches también le pedí perdón por las veces que la hice sentir mal. Recuerdo que una vez, en la calle, sintió un ruido muy fuerte y no tuve mejor idea que minimizarlo. Simplemente con un gesto, pero lo minimicé. Apenas lo hice me di cuenta del error y le pedí disculpas, pero sé que por un instante pensó que su lugar seguro estaba en riesgo. Necesito que me diga que no me preocupe tanto por eso. Que ya me perdonó; que está todo bien.

Desde luego, me encantaría que sepa muchas cosas más:

-Que la mejor forma que encontré de sobrellevar el dolor es escribiendo sobre ella y saliendo a andar en bici prácticamente todos los días. Sobre lo primero, imagino que no se sentiría cómoda con la exposición, pero lo entendería y me diría que continúe haciendo lo que sea que me haga bien. Sobre lo segundo, tendría miedo de que me pase algo, pero me bancaría mientras salga siempre con el casco. Eso sí, me diría, sin dudas, que si lo hubiese hecho hace unos años ella no hubiese salido a andar conmigo. No solo porque no sabía andar en bici, sino porque no se llevaba bien con el deporte y la actividad física. Me acuerdo la vez que se compró la soga para saltar, la usó una vez y la dejo tirada en el garaje. Nos volveríamos a reír de esa misma anécdota, como siempre que la recordábamos.

-Que sigo respetando la tradición de mirar los partidos de la Premier League y de reírme con las canciones del Bambino. Que ya solo queda un jugador del Leeds de la era Bielsa, Struijk. Y que Senegal ganó la copa de África, para que se alegre por Mendy y Mané (lo acompañaría con el clásico “he's the best football player in the world”, y ella se reiría porque mi imitación del acento scouse es malísima). En este punto seguramente recordaríamos al enfermero que entró a la habitación, vio que estaba jugando el Brighton contra no recuerdo cuál equipo y me preguntó a mí por quién hinchaba. Luego le contamos que era ella la que no se perdía un partido y que prefería que ganaran las gaviotas. Si Pao pudiese volver por un instante, que sea un día que juegue el Leeds.

-Que siguen entrando avispas por el aire acondicionado y que me animé a usar su mecanismo para sacarlas sin matarlas, aunque nunca voy a dejar de tener mucho miedo. Que sigo cuidando con especial atención su amada taza de Pikachu. Que casi todas sus cosas siguen en el mismo lugar, salvo los apuntes que compró al inicio del cuatrimestre y que ni siquiera pudo empezar a leer. Eran un recordatorio demasiado doloroso del momento en que comenzó su enfermedad. Me hacían mal. Ella entendería.

-Que extraño toda nuestra rutina cotidiana. Ir a la mañana a la placita a tomar tereré y comer chipa. Leer y escuchar música juntos. Jugar al Tsuki y continuar la racha en Duolingo. Preparar juntos algo rico para cenar o esperar que el otro llegue del trabajo o la facultad con la comida servida. Mirar una serie, como The X Files o Twin Peaks, que nunca pudimos terminar. Quedarnos charlando hasta tarde. Y sobre todas las cosas, dormir abrazados. Que extraño salir a merendar cositas ricas, como los postres árabes. Y que también extraño verla expresarse sobre un tema con mucha indignación, como cuando “jugábamos” en Puán a encontrar gente marrón, como ella misma se definía. Siempre me decía, con la misma bronca, que no se sentía representada y que tenía que esperar a la noche porque “solo el personal de limpieza se parece a mí”.

-Que está siempre presente en mi vida. Que mi cerebro no deja de buscar formas de explicar su ausencia. Le contaría que soñé que me parecía raro que no estuviese en casa. Que luego recordaba que se había ido de vacaciones, sola. Entonces la llamaba para ver cómo iba todo: ella me decía que estaba bien, un poco aburrida, y que me extrañaba; que en breve regresaba. Se sintió muy real. Le diría que lamento no tener ningún audio suyo. Que me gustaría simplemente escucharla a hablar de lo que sea, solo para volver a recordar cómo era su voz.

-Le recordaría, por último, que siempre fue la persona a la que acudí cuando estaba triste. Que ahora es su ausencia lo que me provoca tristeza (todo lo demás dejó de importar) y que ya no tengo a quien acudir. Me gustaría que me abrace y me diga unas palabras tranquilizadoras, como siempre. Que sepa que, de alguna u otra manera, encontraré la forma de seguir acudiendo a ella. Aunque ya no me pueda escuchar; aunque ya no podamos volver a vernos. Y que, en última instancia, siempre podremos recurrir al párrafo final de la famosa carta de Ann Druyan, que tanto nos conmovía: no volveremos a vernos, pero nos vimos el uno al otro y eso fue maravilloso.

25 de enero de 2026

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