Fragmentos

I

–En la obra de Maggie O'Farrell, luego de la muerte de Hamnet la escritura se fragmenta. Las extensas descripciones del comienzo parecen haber quedado atrás. Ya no es posible seguir contando la historia de la misma manera. El tiempo y el mundo se quebraron. La narración también.

–La culpa de Agnes. La ropa de su hijo. Las tareas cotidianas. Las frases hechas (“Dios tenía necesidad de él”). El mundo que sigue moviéndose. Lo que su hijo no podrá conocer. Sueños, recuerdos, preguntas. El llanto cuando no encuentra un zapato o cuando cocina algo un poco más de lo debido. Su absoluta falta de certezas. Los párrafos ahora son mucho más breves. La muerte y el dolor desestructuran. Aparecen las pausas, las interrupciones. Se crea un espacio. Un vacío, donde antes había presencia.

–Siempre pensé que mi amor por Pao podía hacer frente a cualquier adversidad. Que mientras estuviéramos juntos todo iba a estar bien. Pero no importa cuánto ames a alguien. No importa cuánto Agnes amara a Hamnet. El amor no alcanza para proteger al otro de la muerte.

II

–¿Añoranza? ¿Saudade? No puedo decidir cuál es la palabra más adecuada.

–Sigo preparando la misma cantidad de comida que cuando estaba con Pao. Lo hago por costumbre: fueron diez años de repetir las mismas rutinas. Pero quizás, inconscientemente, quiero pensar que una de estas noches voy a escuchar el ruido del ascensor deteniéndose en nuestro piso y esta vez no va a ser ninguno de los vecinos. Esta vez va a ser Pao: la voy a ver entrar lentamente, cansada, después de un largo día de estudio; se va a sacar sus auriculares, me va a saludar con un beso y yo le voy a decir, como siempre, que se ponga cómoda y que la comida ya está lista. No va a ocurrir nunca, pero probablemente, por mucho tiempo, siga cocinando de la misma manera.

–Las Pepitos eran sus galletitas favoritas. Solo las comía una vez al día, en su momento de mayor tranquilidad. Siempre agarraba cuatro galletitas (ni una más, ni una menos), las ponía en su plato, las examinaba un largo rato, les atribuía un orden y recién ahí comenzaba a comerlas, con mordiscos pequeños, sin prisa alguna. Si le insistía, podía llegar a compartirme una, aunque siempre se quejara un poco y me dijera que lo hacía solo porque era yo. Nunca le pregunté por qué solo comía de a cuatro galletitas por vez (de a tres, si yo le robaba una). Quizá era su manera de disfrutar de lo que amaba. Pero sé que era su ritual y que daría lo que fuera por volver a repetirlo.

III

“El juicio final para nosotros

es saber si es peor

la suerte del que muere o del que permanece

aquí sin más sentido que la nada.

Uno de los dos muertos debe seguir de pie.”

(Asuntos familiares)

 

“SUPONGO que este modo de sentirse

definitivamente hundido

es una forma mía de estar enamorado

para empezar de nuevo

una vida distinta

con el amor de siempre.”

(Amor de siempre) 

-Un año y tres meses, de Luis García Montero, reúne los poemas que escribió luego de la pérdida de su amada, Almudena Grandes, quien falleció a los sesenta y un años debido a un cáncer de colon. Precisamente, el libro inicia con una frase de ella: “Mientras él pudiera lavarla, peinarla, acariciarla…”. Unos días antes de la muerte de Pao, cuando ya sabía que no había nada más por hacer, pensé algo similar: mientras pueda sostener su mano, el mundo todavía sigue teniendo sentido para mí.

-Los rituales siempre son importantes. Pero cuando todo cambia de golpe, y cuando todos los días se suma una nueva pérdida, se vuelve más necesario que nunca mantener todo aquello que te acerque a tu cotidianeidad. A tu rutina, a tus formas, a tu propia vida. Cuando Pao estuvo internada me enseñó, de forma sumamente detallada, la manera en que le gustaba lavarse el pelo y peinarse. En realidad yo ya lo sabía, pero una cosa es la teoría y otra la práctica. Hice todo mi esfuerzo para cumplir con cada uno de los pasos y que se sintiera lo más cómoda posible. Ella sabía que su peinado no iba a quedar exactamente igual, pero alcanzaba con que se pareciera bastante. Finalmente, ambos nos alegrábamos con el resultado. Lo sentíamos como una pequeña victoria.

-En Las gratitudes, uno de los personajes, Jerôme, sostiene que envejecer es aprender a perder: “asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro”. Creo que podría pensarse lo mismo para algunas enfermedades, aunque cuando afectan a personas jóvenes confiamos plenamente en que todo pueda revertirse. Esperamos, pronto, volver a la normalidad. Cada nueva pérdida, y sobre todo la muerte, se vuelven antinaturales. Inexplicables.

-Mientras pudiera lavarla, peinarla, acariciarla, el mundo todavía seguía teniendo sentido para mí. ¿Qué sentido tiene ahora?

-Cuidar al otro en un momento de extrema vulnerabilidad es, probablemente, la forma más elevada de amor. Permanecer a su lado. Sostenerla. Lavar su cuerpo. Darle de comer. Tomarle la fiebre. Taparla si hace frío, destaparla si hace calor. Gritar cuando falta la atención médica. Quedarse toda la noche tomándole la mano. Compartir sus miedos. Conversar con ella, hacerla reír y alejar, por un momento, toda la oscuridad. Conversar con ella aunque ya no esté. Permanecer, cuando ya no se pueda hacer nada. Darle un último abrazo, un último beso. Morir con ella. Morir en vida. Recordarla en todo momento. Seguir, a pesar del dolor. A pesar de sentirse hundido. A pesar de que nada tenga sentido. Continuar, con el amor de siempre.

IV

–Mis escritos sobre Pao se sostienen en fragmentos. Una receta, una foto, un gesto cotidiano. Intento reconstruir su presencia a partir de pequeños recuerdos. De archivos personales. De restos de nuestra relación. No quiero olvidar. No pretendo superar el dolor. No tengo la capacidad para crear una obra de arte con mi tragedia personal. Simplemente busco rescatar los detalles de lo cotidiano frente a la irrupción de la tragedia y el efecto devastador del paso del tiempo. Mantener viva la memoria. Es ahí donde Pao sigue existiendo.

–Te cuidé, te acompañé y te sujeté la mano. Estos escritos son una forma de seguir haciéndolo. De cuidarte y de cuidarme a mí. De encontrar un sentido. "Uno de los dos muertos debe seguir en pie".

17 de febrero de 2026

 


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