Ocho meses sin Pao
-En la película Sorry, Baby (2025), la protagonista le
explica a un desconocido (que minutos antes la había ayudado a contener un
momento de crisis muy intenso) que su forma extraña de actuar se debe a algo realmente malo que tuvo que sufrir hace poco más de tres años. Frente a ello, la
otra persona responde atinadamente que no pasó tanto tiempo; o más bien, que
tres años es mucho tiempo, pero a la vez no es tanto tiempo. Siento lo mismo:
ocho meses es un montón, pero al mismo tiempo no es nada. A veces pienso que es
una eternidad; otras, que fue ayer. Ninguna de las dos opciones cambia
demasiado. El dolor es el mismo, de cualquier manera.
-Con Pao siempre fuimos una pareja muy cercana, incluso físicamente hablando. La mayor parte de nuestro tiempo juntos la pasamos en un mismo pequeño espacio. Un pequeño cuarto, con una pequeña cama (que se hacía más chica cuando subían los perros). De hecho, cuando estábamos de vacaciones nos parecía raro dormir en una cama tan grande. Había mucha distancia. Nos acercábamos, nos abrazábamos. Necesitábamos estar cerca, uno del otro. No nos podíamos separar. Van ocho meses sin ella, durmiendo solo en la misma pequeña cama (que ahora parece inmensa). No sé si es mucho o poco tiempo. No resisto esta soledad, sea como sea.
-Pao se quedaba hasta tarde estudiando y escuchando música. En su escritorio, con sus auriculares, con su piyama de unicornio. Aprovechaba que a esa hora no había ruidos y podía concentrarse plenamente. Estaba cerca mío, en el mismo pequeño cuarto. Yo me quedaba mirándola, desde nuestra pequeña cama, sonriendo, hasta dormirme. Al principio, luego de su muerte, no podía dormir. Apenas cerraba los ojos, me atormentaban ciertas imágenes y ya no quería volver a intentarlo. Con el tiempo, esas imágenes desaparecieron. Solas. Se fueron, no tengo idea adónde (solo espero que nunca se animen a regresar). Ahora pongo música de fondo y me quedo leyendo hasta que gana el cansancio. Me conformo con dormir, al menos, unas pocas horas. No puedo pretender más.
-Hace ocho meses que siento el mismo dolor. Un dolor privado, irracional, que me avergüenza. Pero que está ahí, desde el primer día hasta hoy. Un dolor generado por la culpa de seguir existiendo. Por sentir que estoy transitando una parte de la vida que Pao jamás podrá experimentar. Un tiempo que nunca existirá para ella. No creo que este dolor se vaya alguna vez.
-Pasa el tiempo y no deja de asombrarme lo mismo: no hubo un solo día en que no haya llorado. Un poco más, un poco menos. Pero siempre. Todos los días. Por algún recuerdo. Porque me hubiese gustado compartir algo con ella. Porque ya no está conmigo. Porque alguna situación cotidiana, insignificante, no salió como esperaba. Por ningún motivo aparente. Fue un descubrimiento para mí: no tenía idea de que se podía llorar tanto. Van ocho meses. Quizás siga llorando siempre, toda la vida.
-Sé que ocurren tragedias todo el tiempo. Que mueren 170 mil personas por día. Que cada una de ellas debió ser la pareja de alguien. El amigo de alguien. El hijo, el padre o la madre de alguien. Que ahora ese alguien está llorando y que lo va a seguir haciendo durante ocho meses y quizás durante toda la vida. Que muchas de esas muertes son por la misma enfermedad. Que son igual de tempranas e imprevistas. Igual de trágicas e injustas. El dolor del otro me conmueve. Me siento identificado, me siento menos solo. Pero no tiene el poder de hacer desaparecer mi dolor. Ni siquiera de atenuarlo. No lo hizo en ocho meses y probablemente no lo haga nunca.
-Ocho meses. No sé si es mucho o poco tiempo. Sé que sigue doliendo. Sé que sigo llorando, todos los días. Sé que la sigo extrañando, tanto o más que ayer. Que extraño esa línea perfecta que se formaba en su brazo y que separaba una parte marrón y una parte más blanca. Su arito en la nariz. Que se haga dos rodetes y se pinte los labios de color bordó. Su cicatriz en la pierna. Que me cuente cómo se había hecho esa cicatriz, siempre con el mismo entusiasmo. Caminar a su lado, apoyando mi brazo en su hombro. La forma en que comía las almendras, como una ardillita. Que nos preguntemos “hoy qué comemos” todos los santos días. Sus tartas, sus sopas y el pan de papa. Que no me comparta su scon de queso de su panadería preferida, no importa cuánto le insistiera. Su sonrisa cuando llegaba la comida en su pizzería favorita. Sentarnos en la misma placita de siempre, al costado de la torre 25, y saludar a las señoras que pasean a sus perritos. Que me saque fotos y que siempre supiera cómo hacerme sentir lindo. Su manera de planificar los viajes, con mucha anticipación y con atención a cada detalle. Que se muestre conmigo tal cual es, sin miedos. Que me deje conocer sus pensamientos, incluso los más oscuros. Extraño todas y cada una de sus palabras. De los gestos y las acciones que eran propias de nuestro vínculo. La manera en que nos entendíamos, en que vivíamos, en que nos amábamos. Sé que extraño todo de ella. Y que así va a seguir siendo, toda la vida.
1 de febrero de 2026


