A través de su mirada

 

-Pao era la fotógrafa oficial de la relación. Le encantaba dejar registro de los momentos compartidos, aunque solo en contadas ocasiones quiso salir en las fotos. De todas formas, aunque la mayoría de las veces no la encuentre en esas imágenes, sé que siempre está presente. No solo porque son registros de nuestra cotidianeidad y de los lugares que visitamos, sino porque representan su mirada sobre nosotros. Su forma de ver la vida.

-Siempre recuerdo una foto que me sacó en el primer hospital en el que estuvo internada. Nunca me avisó que iba a tomarla. Fue una imagen espontánea. Todos los días, Pao esperaba ansiosa el momento en que la luz del sol ingresaba a la habitación por una pequeña ventana que daba a la Avenida Mitre. Quizás le recordaba toda la belleza de la vida y le permitía olvidar, por un instante, que estaba aislada del mundo. Ese día debió notar que los últimos rayos me estaban iluminando y no dudó en captar la escena. La foto es un fragmento de su mirada. Creo que Pao me veía así: como alguien que la ayudaba a mantener cierta luz en su vida incluso en los momentos más oscuros.

-Un día, en el jardín botánico, extrañamente me pidió que nos sacáramos una foto juntos. Fue la única vez. Era un día soleado, recorrimos varios parques y Pao estaba muy feliz. A veces pienso cómo hubiese salido si me dejaba sacarle una foto. La imagino sentada en un banco de una plaza o en la silla junto a su escritorio, un poco avergonzada, con una enorme sonrisa y el rostro iluminado por la luz de la mañana. Ella también daba luz a mi vida.

-Pao nunca me dejó compartir en redes la foto del jardín botánico. Era para nosotros y eso bastaba. Solo accedió cuando estuvo internada, probablemente por dos motivos: porque le puse tanta cara de lástima que no pudo negarse; y porque me pidió que no compartiera la original, sino su versión al estilo Studio Ghibli, generada con inteligencia artificial. No me iba a dejar salir con la mía tan fácil.

-Pao veía la vida y la muerte sin supersticiones. En ese primer hospital, su cama tenía el número 47 y la que yo usaba, que estaba a su lado, el 48. Un día me preguntó qué significaban esos números en la quiniela. Yo sabía que iba a hacer esa pregunta, porque solíamos bromear con eso. Le dije que lo había buscado, pero que prefería no decirlo para no agregar dramatismo. Me respondió que no fuera “bobi” y después pensamos que esos números deberían eliminarse de las camas de los hospitales, porque alguien supersticioso podría tomárselo en serio y angustiarse.

-Lo último que veía cada noche, antes de dormirme, era a Pao sentada en su silla, junto al escritorio, estudiando y escuchando música. Una vez me desperté en medio de la noche y noté que seguía ahí, pero recostada sobre sus brazos, llorando. Cualquiera podría pensar que en un momento así hay que acercarse enseguida, abrazar y decir que todo va a estar bien. Pero Pao no funcionaba de esa manera. Mi acercamiento debía ser progresivo. Tenía que sentarme cerca, hacerle notar que estaba ahí y esperar, con paciencia, a que pudiera procesar lo que le pasaba. Cuando finalmente habló, me dijo que sentía que no sabía cómo estar en el mundo. Que creía que había algo malo en su forma de ser y de relacionarse. Que quería ser de otra manera y no podía. Y que ni siquiera entendía por qué yo la quería y me quedaba a su lado. Le costaba mucho apreciar la belleza en sí misma. Sin embargo, incluso en esos momentos, siempre dejaba una pequeña ventana abierta para que entrara algo de luz.

-Pao tenía una sensibilidad muy alta y no siempre contaba con herramientas para procesar las emociones negativas. Había que ser cuidadoso con las palabras. No se podía recurrir a frases hechas: le molestaba la falta de esfuerzo por comprenderla y cualquier intento de minimizar lo que sentía. Esa noche solo quise que supiera dos cosas. Primero, que podía contar conmigo para hablar, y que si no le salía, igual podia quedarme junto a ella acompañándola. Segundo, que no podía decirle cómo debía sentirse, pero sí cómo la veía yo: que no había nada negativo en ella, que simplemente sentía de otra manera, y que eso formaba parte de su esencia. Que esa forma de ver y sentir el mundo a mí me encantaba. Y que, así como yo había podido verlo, otras personas también podían hacerlo. Ella se mantuvo en la misma posición, pero cuando empecé a hablar me miró a los ojos, como intentando descifrar si lo que decía era genuino. Cuando terminé, vi que empezaba a sonreír, primero tímidamente y después sin poder disimularlo. Su cuerpo ya mostraba que podía acercarme, abrazarla y besarla.

-Lo importante no fue tanto lo que dije, sino que era un sentimiento real y que lo expresé respetando los tiempos de Pao. Esos eran los momentos más felices de mi vida: cuando veía en sus gestos que podía hacerle bien; cuando la veía sonreír después de haber estado triste.

-Pao fue la persona más bella que conocí. A veces creo que logró verse a través de mis ojos y apreciarlo. Y que cada vez que lo hacía, tomaba fuerzas para no caerse. Aprendimos a mirarnos a través de los ojos del otro y eso le dio calidez a nuestras vidas. Además, Pao sabía que si realmente se caía yo iba a estar ahí para sostenerla. Cuando estuvo internada, sus plaquetas estaban tan bajas que podía desmayarse en cualquier momento. Y eso era peligroso. Siempre me quedé a su lado, y el día en que efectivamente se desmayó, de golpe, después de ir al baño, estuve ahí para sostenerla y protegerla.

-Nadie más que mis ojos sabe cuánto duele su ausencia. Por eso lloran cada vez que la recuerdo. Y nadie más que mis ojos sabe que la extraño siempre, pero especialmente a la noche, cuando me voy a dormir y veo su silla vacía. Quizás por eso dejo todas las noches en YouTube un canal que se llama Lofi Girl: me recuerda a Pao, en su escritorio, estudiando y escuchando música con sus auriculares. Y me da cierta paz.

-Me gustaba todo de Pao, pero en particular sus ojos. No tanto por sus rasgos, sino por su mirada, por lo que podían ver, por la forma en que procesaban el mundo. Si hay algo que me conmueve al mirar las pocas fotos que tengo de ella son sus ojos. Es lo primero en lo que me detengo. En ellos, más que en cualquier otra cosa, la veo a Pao y a su forma de ver el mundo. Por eso vuelvo a observarlos una y otra vez, intentando recordar cómo me miraban. Cómo me hacían sentir amado. Cómo iluminaban mi vida, como faros en medio de la oscuridad.

-Eso mismo me lleva a volver a la foto que me tomó en el hospital. Allí veo un fragmento de su mirada: pareciera decirme que, aunque fuese el momento más oscuro de su vida, mientras estuviésemos juntos aún había luz. Claro que me genera tristeza: no deja de ser otro recordatorio de su ausencia. Pero también me devuelve algo de su presencia: su forma de verme, de ver el mundo, el amor que me tenía. Creo me permite recordarla con un poco menos de dolor. Como si fuera una pequeña ventana por la que vuelve a entrar la luz. Me gusta pensarlo de esa manera.

26 de marzo de 2026

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